jueves, 16 de octubre de 2008

Charles Chaplin: Algo más sobre Charlot

El personaje de Charlot ya no necesitaría los payasos de la Keystone; incluso si debía repetir aquí y allá ciertos episodios de sus viejas películas, el trabajo de Chaplin consistía, en parte, en precisarlo, pulirlo, liberarlo de la carga de vulgaridad (y también de los reflejos mecánicos heredados del slapstick) para elevarlo hasta la comicidad más noble. Al mismo tiempo que la profundización en el gag, si intentaba realzar a Charlot, conllevaba una disminución del ritmo (sensible sobre todo en La quimera del oro) los elementos sentimentales, desde el principio siempre presentes, se precisan y llegan hasta el romanticismo melodramático (Luces de la ciudad).


Durante este tiempo, el hombre Chaplin debe capear los primeros temporales de una vida privada que sus dos giras triunfales, en 1921 y 1932 por Europa y más tarde por el resto del mundo contribuyeron a hacer pública. Su primer matrimonio y su primer divorcio (Mildred Harris, 1918, 1920) pasó desapercibido. Pero no ocurriría lo mismo en el segundo (1927), con Lita Grey (casada en 1924) que le interpuso un proceso "escandaloso" haciendo de él el blanco de las ligas puritanas. Además, Chaplin debería afrontar las consecuencias del final del cine mudo, que sobrevino cuando su estilo visual había alcanzado la cumbre. Indiferente, incluso hostil, a la técnica, sólo produjo películas habladas con largos períodos de tiempo entre ellas: Luces de la ciudad es una película sonorizada.

Si el matrimonio de Chaplin con Paulette Goddard (1933-1941) gozó de gran discreción, las películas de este período inquietaron al público: Tiempos modernos atacaba el trabajo en cadena, y El gran dictador anunciada abiertamente como panfleto ántihitleriano, le aportó a Chaplin los ataques de los medios aislacionistas. Durante la guerra, intervendría en favor de la apertura del "segundo frente" y, en 1947, sería acusado por la Comisión de Actividades Antiamericanas de simpatizar con el comunismo.

Simultáneamente, la audacia formal creció en sus películas tras sus vacilaciones ante el cine mudo. En este sentido nos referimos menos a la metáfora del rebaño de Tiempos modernos (el adiós de Charlot), que recuerda a Eisenstein como a la iluminación expresiva de Luces de la ciudad y sobre todo a la franqueza con la que, en El gran dictador, Chaplin resolvía su problema central: hacer pronunciar al protagonista un discurso que trascienda el tiempo y el espacio. En 1942, la joven actriz Joan Barry instigó contra Chaplin un escándalo que concluiría en 1948, con la condena del cineasta a tener que pasar una pensión a un hijo que no era suyo. Entre tanto, Chaplin había encontrado una compañera, quizá largo tiempo buscada en la persona de Oona O'Neill, con la que se casó en 1943, a pesar de la oposición de su padre, el dramaturgo Eugene O'Neill. En Monsieur Verdoux, Chaplin retiraba la máscara de Charlot, podríamos decir, y agredía al público componiendo un personaje inspirado de Landrú, obligado a matar mujeres para alimentar su familia, y sin embargo siempre secretamente dispuesto al amor (éste, en los Chaplin de la madurez, tiene como pilar una especie de sensualidad afectuosa de la que encontramos pocos ejemplos en el cine).

El fracaso de Monsieur Verdoux, espléndida fábula satírica que desemboca en el humor negro, era previsible. Más oscura fue la huida de Chaplin y de toda su familia a Europa, tras el estreno privado de Candilejas (Septiembre 1952), la película que volvía a tratar el tema, bastante convencional, del payaso incapaz ya de hacer reír; ¿fue un alegato?. La gira de presentación fue un éxito, pero al otro lado del Atlántico las hostilidades acumuladas contra Chaplin no ceden. Además, Un rey en Nueva York, rodada en Londres en 1956-57, conllevaba, en nombre del pacifismo una condena a los Estados Unidos que se refería sobre todo a la ignorancia y la estupidez del maccartismo entonces en decadencia.

Habiendo encontrado en Europa la tranquilidad, Chaplin redactó sus memorias (My Autobiography, 1964) de poco interés y añadió a su filmografía La condesa de Hong Kong, obra aún hoy poco conocida, su única película en color, en la que se contentó con una aparición (1967). En 1972, aceptó regresar a esa América a la que había jurado no volver a poner los pies para recibir un Oscar especial en medio del entusiasmo general. Ennoblecido por la Reina de Inglaterra (1975), pasó sus últimos años en uno de los más bellos paisajes de Suiza.

El genio de Chaplin hay que buscarlo primero en su oficio original: la pantomima, que enriqueció y refinó casi excesivamente, y después dominó (cf. su doble papel en El gran dictador). A distancia, ella entra en sus películas mudas en composiciones a veces conflictivas con su sentido del espacio todavía demasiado estrecho, pero pronto más sutil que el de Mack Sennett (relación entre los gestos de personajes diferentes, elección de ángulos, cambios de escala).

Después la filosofía de Charlot, vagabundo famélico, a menudo víctima, a menudo sentimental pero en ningún caso simple, y ligeramente sádico en ciertos momentos, ha sido indebidamente elevada al rango de un humanismo universal (lo que no significa, en absoluto, que la reflexión sobre la condición humana esté ausente). Sus límites están indicados por el famoso gag de Tiempos modernos en donde el "hombrecillo" se encuentra a la cabeza de una manifestación... porque agita el trapo rojo de una interrupción de tráfico. Hoy, tras un eclipse debido a la política malthusiana del mismo Chaplin en cuanto a una nueva aparición de sus películas, al redescubrimiento de Buster Keaton, a la debilidad de los comentarios vacíos que añadió a algunas de sus obras (sobre todo La quimera del oro) y a la cursilería intrínseca de Candilejas, la reedición integral de los largometrajes nos ha recordado la verdadera grandeza, no exenta de amargura pero a menudo dotada de hermosa generosidad, que sigue siendo la de Chaplin.

Curiosidades sobre el actor

- Charles Chaplin fue la persona más conocida del mundo desde 1917 hasta mediados de los años treinta. Este dicho está avalado por dos hechos: la rápida difusión del cinematógrafo en las décadas de los años veinte y treinta y también en el viaje que realizó por países de todo el mundo, donde era recibido por grandes multitudes.

- En castellano, ha quedado la palabra «charlotada» para reflejar una acción grotesca o ridícula y una corrida de toros de tono cómico. Su nombre proviene del torero cómico Carmelo Tusquellas, apodado Charlot porque su traje y estilo evocaban el de Chaplin.

- Se dice que el humor que muestra Chaplin en sus películas es «universal». Para comprobar esto, a finales de los años 90 se realizó un experimento, consistente en proyectar varios de los cortos de Chaplin a distinto público, de distintas culturas, que nunca antes habían visto a Chaplin y, en muchos casos, ni siquiera habían tenido la oportunidad de ver televisión y cine. El experimento dio resultados concluyentes: aunque había culturas donde no entendían lo que veían (no eran capaces de entender las construcciones, vehículos, ropa, protocolos sociales, etc, de la Norteamérica de principios del siglo XX), sí que se divertían y reían con las persecuciones, caídas, tartazos, trucos, timos, etc. protagonizados por Chaplin.

- Como curiosidad cabe destacar que una vez participó en un concurso de imitadores de Charles Chaplin pero no alcanzó ni las finales, aunque leyendas urbanas dicen que quedó tercero o segundo.

- El prestigioso director italiano Pier Paolo Pasolini era admirador de Chaplin y de sus películas. En su película Los cuentos de Canterbury, el personaje de Ninetto Davoli es una especie de recreación del personaje de Chaplin. Una de las hijas de Chaplin, Josephine Chaplin también trabajó en la película, felicitando a Davoli por su excelente homenaje a su padre.

Termino este simbólico homenaje al hombre que cambió la forma de apreciar cine, con una de sus más celebradas frases:

"Algo hay tan evidente como la muerte y es la vida."

Fuente:
Cineguía